Te sientas frente a la hoja en blanco. O quizá es un teclado y, perpendicular al teclado, la simulación de una hoja en blanco con un puntero que parpadea, en clave morse, la señal del vacío. O quizá en verdad es una hoja de papel y junto a la hoja hay un bolígrafo que guardas solo para una ocasión especial, como todas las libretas que tienes en el cajón de las libretas que guardas para esa idea especial que son todas las ideas y que son ninguna; cada una de esas libretas tiene un propósito y sus hojas están en blanco… tomas el bolígrafo y lo tamborileas, esperas, o estiras los dedos, los truenas, digitas en el aire, esperas. El medio no es importante. Te sientas frente al vacío que es como un mar, menos intempestivo pero que ahoga, esperas. Te sientas porque sientes la necesidad de escribir, de decir algo. Y quizá la idea era muy coherente hace diez, cinco, dos minutos. Pero la idea murió en el correr de la silla, en el acto de sentarte, de decidir sentarte, para escribir. Hay algo de dolor en eso, pero no hay una palabra para expresar ese dolor. Solo duele, duele raro.
Hace un año dijiste que en un año harías esto, comenzarías a escribir. O quizá no en un año, pero dentro de ese año, algo que tenía que ocurrir dentro de los 365 días que componen un año corriente. Podía ser el primer día del año, y lo intentaste, puntualmente: te despertaste a las 5 de la mañana, te sentaste, como te sientas en este momento, esperando, y también esperaste.
Y entonces piensas, ahora, que la vida es una espera y que la espera es, como la hoja en blanco, también un mar. Más que un mar, un océano, un océano de todos los mares. Que la espera es como una barca que busca llegar a una orilla incierta, como un navegante que desea regresar a casa, como un astronauta que mira desde la escotilla de la estación espacial la forma abstracta de su país y, en algún lugar de ese país, sabe que está su casa, invisible desde lo alto, irrelevante en todo sentido, sin embargo, el único lugar que puede nombrar refugio de cualquier esquina incierta del Universo. Y esa es una idea relevante. Quizá deberías anotarla, escribirla. Piensas que deberías hacerlo, pero no lo haces, porque la idea muere en el trayecto de la pluma al papel, o del dedo al teclado, o de la señal del teclado a la pantalla que pinta la palabra en tinta abstracta como algo que pierde sentido. Piensas hacerlo, pero no lo haces.
Y lo intentaste de nuevo, algunas otras mañanas, amaneciste antes que el amanecer, antes que el estado del tiempo decidiera cómo sería el clima del día: la espera, el dolor extraño, los sonidos de un mundo que sigue soñando. Y lo intentaste de nuevo otras noches, en la resaca del día: el cansancio, el tedio, la esperanza, la extraña satisfacción del final de la jornada, el olor extraño de la casa después de haber cocinado, una sombra arrinconada de todas las emociones que no tienen un nombre, que quizá no tienen un nombre en español pero sí en alemán, en náhuatl, en portugués… El horizonte de tus palabras es el horizonte de tus emociones: sientes en castellano porque puedes ponerle nombre a esa emoción y el nombre implica un rostro y es algo tangible, algo que se puede tocar con las puntas de los dedos o acariciar con la lengua o demoler el corazón. Lo demás es más o menos invisible. Un fantasma. Un dolor que duele raro.
Enlistas, entonces, en el silencio de tu cabeza sinfónica todas esas cosas que, quizá, debías haber hecho en este año pero no conseguiste, decidiste o buscaste hacer. O todas las cosas que en algún momento, desde algún lugar, has imaginado o deseado. Porque las listas, en todos sus puntos, esconden los deseos del mundo. Y porque los deseos del mundo están sujetos a seres volubles y cambiantes, humanos.
Como…
recorrer un campo de flores amarillas en algún lugar de países bajos y comerte un puño de tierra.
Bailar mal y luego bailar bien y luego darte cuenta de que no hay diferencia.
Como descubrir en dónde viven los pingüinos.
Como bailar con un pingüino emperador.
Tirarte sobre el pasto el tiempo suficiente como para sentir la hierba creciendo hacia ti.
Has deseado cubrirte de hierba y unirte con el suelo y en ese breve espacio de no existencia descubrir tu lugar en el mundo.
Escribir una novela.
Escribir dos novelas.
Escribir un libro de cosas absurdas porque el horizonte es demasiado sórdido.
Descubrir cuál es el primer pájaro que canta de mañana.
Abrir la boca y probar la primera gota de lluvia que caiga en la primera lluvia de la temporada de lluvias.
Sembrar un árbol de manzanas.
Leer todos los libros que tienes apilados en tus libreros y en la mesa de centro de tu salón. Leer cosas relevantes. Leer cosas irrelevantes.
Luego escribir algo irrelevante, relevante, inverosímil, innecesario, potente, poético, caótico, abrumador, acogedor, hogareño, elevado, iluminado, fútil.
Despertar cada mañana y escribir tus sueños para no olvidarlos y luego olvidar donde los anotaste, solo para descubrirlos un día, años más tarde, por casualidad en un cajón de la cocina.
Cosechar manzanas de tu árbol de manzanas y entonces adoptar una vaca.
Criar conejos para verlos saltar en el rocío de la mañana.
Darle a alguien un puño de tierra disfrazado de pastel de chocolate.
Hacer un teatro de sombras.
Nadar a mar abierto.
Nadar río arriba.
Acariciar el lomo de una ballena.
Correr un maratón.
Inscribirte a un maratón para decidir no correrlo.
Hacer una tarta con las manzanas cosechadas de tu árbol de manzanas y hacer otra pequeña tarta para tu vaca adoptada que bautizaste Clara.
Tomar un vuelo sin pensarlo, llegar a cualquier lugar.
Quedarte de pie en un mismo sitio hasta no sentir los pies.
Pintar cuadros utilizando agua, solo agua. Un cuadro fantasma.
Ver por un microscopio las células de la piel de los dedos de tus pies.
Armar un rompecabezas de 10 mil piezas y luego, ordenadamente, destruirlo.
Quemar algo.
Ver por un telescopio un punto absurdo e indefinido del cielo y descubrir algo.
Bautizar un cometa, nombrarlo Clara, en honor a tu vaca.
Romantizar tu vida desde el cubículo de una oficina e inventar amores prohibidos entre las personas que se reflejan a través de la ventana del edificio adjunto.
Ver películas de cine mudo.
Hacer películas de cine mudo.
Ver películas sonoras sin audio.
Trepar un árbol, de nuevo y postergar la última vez.
Escribir lo primero que te venga a la mente y colgarte de esas palabras para tejer más palabras, sin pensarlo. Aunque duela, aunque duela raro.
Vender ideas en pequeños tarros llenos de aire.
Descubrir a tu reloj comerse los minutos.
Acariciar una alpaca.
Aprender a cocinar Filete Wellington para no volver a cocinarlo nunca más.
Aprender mandarín para decidir no hablarlo.
Enlistar, en una libreta, el nombre de todos los pájaros que pasan por tu ventana.
Llevar siempre una flor en la solapa.
Y al final, piensas que no importa lo que enlistas. No importa si es real o si es posible. Piensas que las listas son una manera de enumerar el infinito, que todas las listas que has hecho en tu vida son una sola lista a la que se le añaden entradas, se repiten puntos, se cancelan sujetos. Piensas que el papel en blanco contiene todo lo que tiene que contener porque lo que querías escribir lo has escrito ya, en tantos años, en silencio, en el cuidado absurdo de tu mente; viven sin vivir, para ti, un cúmulo de objetos y situaciones bellas e innombrables, únicas, posibles e imposibles, que trazan, a su manera, una forma del Universo.
Recuerdas que alguien te dijo, alguna vez, que la Antártica se llama así porque no tiene osos, que el Ártico es el lugar de los osos. Piensas que tiene sentido: los osos se comerían a los pingüinos.
Y piensas que esa es una idea relevante y que quizá deberías anotarla, escribirla. Piensas hacerlo, pero no lo haces.


