Parece que siempre estoy caminando hacia el lugar donde ladran los perros, pero nunca veo a los perros. Solo los escucho ladrar, a lo lejos, de noche, advirtiendo al aire y al mundo que hay alguien que viene, algo que viene, que la noche no es tan oscura y solitaria como lo hacen creer nuestros párpados cerrados. Vigías incesantes de un lugar que nunca está exactamente allí.
Parece que voy caminando y que avanzo al caminar, pero el camino es solo una extensión del mismo paso. Todo parece siempre estar en el mismo lugar, lo que me hace pensar que quizá no me estoy moviendo realmente. El viento sopla y golpea mi cara y la tierra se mueve en el cosmos y en torno a sí misma, porque veo el cielo moverse del día a la noche y, en la noche, las constelaciones y los planetas persiguiéndose de este a oeste. Y creo que camino porque siento mis pies al moverse, mis piernas abriéndose, escucho el crujido de la tierra debajo de las plantas de mis pies y todo eso me hace creer que también me muevo, aunque las cosas siempre permanecen igual de distantes, en el horizonte. Un horizonte definitivo, abierto, continuo.
Desearía ver tantas cosas. Desearía explorar el mundo y poderlo dibujar como un un niño dibuja un mapa: tomar un papel y desear un lugar frente a mí. Hacerlo existir por simple voluntad de que algo que deseo exista. Pero el aire es caliente sobre mi cabeza y el aire caliente no deja mucho a la voluntad. Solo existe lo que resiste, lo que no se evapora aquí, lo que no se deja engañar por los espejismos que se trazan a la distancia como promesas de manantiales que nunca han sido agua.
Parece que el mundo se ha quedado solo. O que yo me he quedado, más bien, solo en este mundo. Solo yo y el eco de los perros que ladran a lo lejos, que ladran allá a donde nunca llegaré, ese lugar que se figura como un pueblo, un pueblo fantasma y amarillo: unos muros levantados en el centro de esa nada sin un camino que llegue a él y sin un nombre que lo diferencie de la tierra alrededor: son una misma naturaleza, son una misma cosa. Pero no escucho nada más, no veo a nadie más. Solo mi corazón hace más ruido que mis pasos y solo mi respiración hace más ruido que mi corazón, eso que me figura que sigo aquí a pesar de todo y que, pese a todo, me he quedado solo en este mundo.
A veces creo escuchar una radio lejana. Pienso que viene de allá, de ese pueblo. Pienso o quiero pensar que es alguien intentando atrapar una señal del aire, saber qué hay de nuevo, quién vive en este ensayo del apocalipsis en el que se ha vuelto el mundo. Pero no escucho voces en la radio: suena el océano, ruido blanco de una transmisión falta de transmisión. Creo que ahora las radios solo transmiten el ruido del mar, no porque no exista algo que decir sino porque no hay ya nadie que diga algo. Quizá alguna estación transmita en bucle las mismas canciones una y otra vez y lo hará hasta que se quede sin energía. Las frecuencias vacías llenando el aire, esperando una señal. Solo el mar, en los sintonizadores, el mar invisible que nos rodea.
Un día desperté y comencé a caminar. Estaba dormido a la sombra de una roca. Puede ser la misma roca que sigue detrás de mí. Puede que el día que desperté haya sido hoy, pero he visto días y he visto noches. He sentido el frío de la oscuridad que cala desde adentro de los huesos y el calor que hace hervir el sudor en mi piel. He visto la misma línea extenderse, frente a mí, sin final. A veces creo que si llego a ese pueblo, del otro lado encontraré el mar. A veces creo que ese pueblo no está ahí, solo quiero creer que está ahí porque escucho a los perros ladrar. No sé dónde están. Quizá ni siquiera hay perros y solo quiero creer que están, para sentir, para hacerme sentir, que me estoy acercando, que estoy finalmente llegando.
Cuando llegue, me gustaría ducharme en algún lugar donde haya alguna ducha, no me importa si el agua no está caliente. Me gustaría ponerme ropa limpia, ropa seca. Me gustaría sentarme en alguna silla y encontrar alguna estación en la radio y escuchar música de nuevo, escuchar algo diferente al ruido que hacen mis pasos sobre la tierra, el ruido de mis propias ideas. Me gustaría tirarme a dormir en un lugar donde no tenga que huir del sol o de la sombra, un lugar suave, un lugar donde pueda estirarme y sentir la extensión de mis huesos.
Me gustaría descansar, aunque sea un instante, para después seguir. Quizá los perros que ladran vengan conmigo. Quizá me ayuden a encontrarme con alguien, encontrar a alguien más. Entonces sabré que sí estoy aquí. Que sí existo. Y no me sentiré tan solo.



