
Compramos un set de almohadas ortopédicas, S. y yo —parece que ya llegamos a ese momento donde esas son las expectativas de compra y las emociones de consumo. Ella utiliza la almohada por el lado alto, yo la prefiero baja; cuando tiendo la cama parece que forman un yin y yang, una forma de balance onírico que quizá refleja el hecho que ella duerme y yo, más bien, transcurro en la oscuridad de la noche. Pero me perturba la forma casi perfecta de las almohadas cuando las cubro con la funda: casi perfectamente planas, casi perfectamente rectangulares. Prismas que asemejan el dibujo de almohadas sobre una cama que componen la imagen de una idea de cama, una cama ideal.
Una simulación de almohadas que parecen ser más reales que las almohadas en sí mismas.
Y me pregunto en qué momento llegamos a la singularidad: ese instante en el que la realidad real sería indistinguible de una realidad simulada. Y, sobre todo, ¿en qué momento nuestra cama se volvió el epicentro de la simulación? Quizá no dormimos realmente porque no necesitamos dormir y quizá las sábanas y cobijas que nos cubren no son sino ideas de sábanas y cobijas: demasiado perfectas para ser la cosa real. Las recuerdo imperfectas, con bolitas de pelusa de la lavadora y manchas que, por más bicarbonato y detergente, simplemente no desaparecen. Sin embargo están, ahora, inmaculadas, lisas, uniformes: como nunca fueron y como siempre debieron ser.
La luz entra otoñal por la ventana que da al jardín. Las sombras de los árboles son neuronas que conectan la tierra con el cielo e imaginan grandes ideas. El cielo es azul, más azul que de costumbre pero su tinte extraño se asemeja a una idea de refugio. Escucho a S. toser en la ducha y, el reflujo de la realidad me inunda: estoy aquí, estamos aquí, somos nosotros. Quizá esa es mi prueba irrefutable de que esto no es una simulación, que somos nosotros, que puedo ver a los pájaros volar, extendiendo sus alas, y sentir la emoción de ese vuelo que sé que siempre me será ajeno: solo es mío el color de sus plumas al pasar y el sonido de la corriente de viento que despiertan.
Mi prueba irrefutable es que amo esta vida nuestra y que puedo desear que sea más, sin conformarme o vanagloriarme de nada. Que daría lo que fuera por otra mañana como la mañana de hoy, lenta, en casa, con el viento frío en la cara que entra por la ventana y el sabor del café que quizá no me quedó tan bien como otras veces; sabiendo, sin embargo, que solo hoy ha sido hoy, cada día deviene en invariables variaciones. Irrefutable que esto que sentimos es nuestro, y ninguna sucesión algorítmica de números podrá representarlo o acercarse a esta totalidad que desea.
Termino de tender la cama, con las almohadas ortopédicas perfectamente lisas, prismáticas. Una interrupción en el flujo de todo lo variable. Detesto que no quede en ellas la marca de mi cabeza pero no necesito verla para recordar que es ahí donde dormimos y, si existe alguna clase de justicia poética en las cosas, el memory foam se contrae y se expande, como una respiración: le caben más sueños al relleno y, además, es hipoalergénico.

